Entrevista con las Ánimas de Taxco

Las “Ánimas” de Taxco: una ofrenda para sanar el corazón

En Taxco, durante la semana santa, las mujeres penitentes caminan encorvadas bajo túnicas negras que las cubren desde la cabeza hasta los pies. Arrastran cadenas por las calles empedradas. El siseo del metal las anuncia desde varios metros antes de que aparezcan y verlas genera un escalofrío que tarda en irse del cuerpo.

Las llaman “ánimas”

Mi madre y mi padre son ambos oriundos de Taxco, Guerrero. Todas las vacaciones de semana santa de mi infancia transcurrieron en este pueblo, viendo año con año las procesiones que duraban hasta la madrugada: el desfile de cristos y vírgenes, los encruzados cargando zarzas, los flagelantes que golpean con un silicio su espalda, y a las ánimas.

Las veía pasar, sintiendo a veces miedo, a veces respeto, pero nunca entendí el significado de esa demostración de fe.

El año pasado me atreví a preguntarles qué las motiva, qué sostiene sus pasos en esa experiencia que es físicamente demandante y dolorosa.

Amablemente, la hermandad me permitió hacer una entrevista.

Sólo que el año pasado yo no estaba lista.

Tenía la entrevista pero no pude articularla. Me costó trabajo en ese momento escribir sobre la fe sin caer en el juicio o en la distancia.

Este año fue distinto.

Durante el último ciclo lunar atravesé mi propia via dolorosa. Un proceso interno profundamente sanador.

La luna llena de marzo la recibí en un retiro de meditación Vipassana. Fui con una sola necesidad, una súplica: sanar mi corazón.

El 3 de marzo, a las cuatro de la mañana, en silencio absoluto, observé el eclipse lunar. Un mes después, la luna llena de abril me encontró caminando en Taxco, acompañando la procesión de los Cristos junto a mi madre, su pareja, mi hijo y mi sobrino.

Por primera vez, pude experimentar la Semana Santa en Taxco no como espectáculo ni como tradición distante, sino como un anhelo que también comparto: encontrar la paz interna, sanar el corazón.

Entonces decidí volver a escuchar a las ánimas para tratar de entender cómo se vive desde dentro lo que desde fuera muchas veces se ve como fanatismo o sometimiento.

Sin más retraso, entrego lo que me compartieron las mujeres que participan y sostienen un ritual de fe y tradición que en estos días vertiginosos, vale la pena observar.

Son las 11 de la noche. Los penitentes se preparan para la procesión del silencio.

El cansancio se nota porque la noche anterior, la procesión de los Cristos terminó a las seis de la mañana. Luego participaron en la del Santo Entierro.

Esta es una procesión corta, me explican. Las ánimas ya no arrastran cadenas. Llevan cirios en las manos, algunas llevan sus cadenas alrededor del cuello.

En el atrio del exconvento varios penitentes, hincados, se “disciplinan”.

El “ánima” que me dará la entrevista sale de los salones de la escuela en donde se cambian y descansan. Nos apartamos en una esquina del atrio.

Sólo veo sus ojos, pero con sus palabras logro vislumbrar algo más importante que lo que protege la tela negra que la envuelve.

Más que nada, la motivación no es tanto una manda, sino entregar todo a Dios.

Muchos lo tomamos como tradición, le damos más relevancia a esta parte demostrativa, pero lo que es de suma importancia es estar en la palabra de Dios. Porque a veces venimos, salimos, participamos y todo el año somos unos rebeldes. Entonces no es sólo el ritual, sino lo que pasa adentro de uno, eso es lo importante.

Te cambia tu forma de pensar, tu forma de actuar. Te vuelves un poquito más humano, más, vamos a llamarlo así, colaborativo, paciente, empático ante las adversidades que vive el pueblo, la gente y las situaciones que estamos pasando. No nada más aquí, en el mundo entero.

Sí, cada año, ahorita sí, mientras Dios nos preste vida, vamos a seguir haciéndolo.

Tengo ya 18, 19 años en mi grupo. Entré por una invitación, unas amigas me invitaron y desde que yo llegué ahí, pues Dios me ha recibido y me ha dado mucha fortaleza.

Entonces, muchos venimos nada más por fanatismo, por salir, nada más a ver qué es lo que se siente; pero no, lo más valioso es sentirlo espiritualmente.

Espiritualmente, durante todo el año estamos preparándonos. Hacemos 14 reuniones. Durante todo el periodo hacemos cuatro o cinco retiros en el año. Eso en lo espiritual. Ahora, físicamente, pues te tienes que preparar, caminar, hacer ejercicio, porque todo va de la mano. A veces dices bueno, ya estoy preparada espiritualmente, sí, pero no camino, no hago ejercicio y pues de repente, si ustedes se dan cuenta, hay muchas que padecen o se ponen mal en el camino. Entonces hay que prepararse en todos los sentidos.

Sí, cuando te tocan adversidades de la vida. Hay pruebas que a veces nos preguntamos, ¿por qué a mí? o ¿por qué a mi familia? No es porque hayamos hecho algo malo, no porque nos portemos mal, simplemente son los destinos que Dios nos tiene a cada uno de sus hijos.

Todos somos fuertes, todos tenemos la fortaleza, pero pues tomados de la mano de Él, todo se puede.

Y nada es sencillo, siempre hay adversidades, siempre hay una piedrita que saltar para poder estar donde estamos y llegar a sentirnos bien, contentos, sentirnos alegres.

No, participamos en las procesiones del martes, el jueves y el viernes.

Sí, porque el martes nos toca salir de San Nicolás con la imagen de las Ánimas, el día jueves participamos desde la Veracruz en la procesión de los Cristos. El viernes en el Santo Entierro y ahorita ya culminamos con la procesión del Silencio, aunque realmente culminamos el día domingo con la Resurrección, con la Santísima Trinidad.

Es la tradición. Es un pueblo de bastantes tradiciones en todos los sentidos, pero en cuestión de la iglesia, desde los antiguos abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, nos inculcaron esta parte. Entonces muchos ya traen ese arraigo, ese sentir, esa emoción, de que Semana Santa es algo único e incomparable.

Un buen camino.

Un buen camino

En el exconvento de San Bernardino, la virgen está lista para salir a la procesión vestida de blanco, rodeada de velas encendidas y un grupo de músicos que le tocan sin parar.

Nunca me había detenido a escuchar la música de las procesiones de Taxco. Es un ritmo que se repite, de violines, alientos y percusiones. Un ritmo “caminero”, como dirían ahora, pero antiguo.

Las “animas” están arriba, en el coro. Se asoman. Las veo con sus túnicas negras.

Una mujer pequeña, un ánima, viene hacia mí. Está descalza pero camina y habla con aplomo.

Mi papá fue pionero de la iglesia del Cristo de los Plateros. Lo tenían en una bodega. Él y otros artesanos plateros pidieron permiso para sacar la imagen. Fue la primera vez que la imagen del Cristo de los Plateros salió en una procesión y mi papá participaba como encruzado, como penitente, cargando espinas y también flagelándose.

Yo, después de muchos años, pues, lo supe y me llamó la atención y sentí ese llamado. Teníamos un problema familiar muy fuerte y yo pedí mucho a Dios que se resolviera ese problema y fue la primera vez que yo salí. Tenía 14 años.

Empecé saliendo con el Cristo de los Plateros.

Posteriormente, al siguiente año fue para agradecerle a Dios que me había ayudado.

El siguiente año, igual, una de mis sobrinitas, pues, iba a morir dentro de mi cuñada y empecé a pedir por ella y el siguiente año fue para agradecerle a Dios.

Me tocó escuchar en una ocasión a una persona que dijo: así de grandes han de ser sus pecados porque mira lo que tienen que hacer para ser perdonados.

Yo solamente la escuché en mi recorrido y dije, así de grande es mi agradecimiento hacia Dios.

Realmente no es por los pecados que uno comulga. Todos cometemos pecados, todos cometemos errores, pero yo más que para pedir a Dios lo hago para agradecer todo lo que nos da.

Hoy traigo puesto un rosario de mi papá. Es de la Adoración nocturna. Mi papá ya murió y hoy le pedí que me acompañara. Entonces, traigo el rosario y así me acompaña.

Hay personas que se me acercan y me dicen, puede pedir por fulanita, por sutanita, y me dicen sus necesidades. Es la fe.

Y hoy voy a acompañar a Jesús pidiéndole a Dios que me permita ir y llegar. Por mi familia, por toda la gente.

Yo alguna vez sentía que no llegaba. Cerré mis ojos y le pedí mucho a Dios que me ayudara. Sentí que alguien se acercó y me tocó las manos. Abrí los ojos para agradecerle a la persona.

No era nadie. Y justamente iba pasando por la Santa Cruz. Y me solté a llorar.

Dije: Dios mío, gracias porque estás acompañado.

Físicamente pues voy a correr y voy a caminar. Espiritualmente, estando bien con Dios y yendo a misa, comulgando, pidiéndole mucho a Dios. Que no me abandone.

Vamos a la iglesia con mis hijos mayores, y yo me siento satisfecha y contenta, feliz de ir a misa y que vamos los tres a comulgar.

Así es como nos preparamos. Tratando de ser mejores personas.

Solamente un año no salí porque mi bebé estaba muy pequeño, estaba en la cama yo, pero normalmente es cada año. Mientras Dios me lo permita.

Siento que si no salgo, no acompaño a Dios en estos momentos. Que yo sé que a lo mejor él no necesita que lo acompañe, más bien es que él me acompañe a mí.

En todos mis recorridos siempre voy orando, no solamente es caminar, es ir orando. Y es lo que le pido a él. Dios mío, te pido que sanes mi corazón. Sana mi corazón.

Y eso es lo que he sentido.

Entradas relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error

Enjoy this blog? Please spread the word :)

RSS
Follow by Email
WhatsApp