O las brillantes divagaciones de Brenda Ríos sobre su último paraíso
«No hay tragedia sola. Es verdad. Lo que no se había caído a tiros lo acabó la naturaleza. Violenta a su vez, quizá como respuesta, castigo bíblico. Si comienzan a llover ranas no me sorprendería.»
Brenda me la puso fácil. Para escribir la espléndida reseña que su libro merece no tengo más que citarla y, de paso, llorar con ella nuestro amado y moribundo Acapulco. Todo para recordar que el mismo mar que me transmitió un estafilococo dorado también es mertiolate para el alma, como lo describe esta rijosa autora. Una autora que se muestra en su estado más salvaje y que, en cada una de sus lapidarias frases —mi ejemplar está plagado de rayones y notas—, me sorprendió, me enojó y me conmovió a la vez.
Sí, porque este es un grito desesperado, pero también es una carta de amor a Acapulco. Porque no hay manera de amar algo —o a alguien— sin fustigarlo, sin criticarlo, sin señalar tanto lo mejor como lo peor de aquello que amamos.
Así que, como ya he advertido, tomaré prestadas las palabras de Brenda, escritas desde la entraña, desde la impotencia convertida en potencia literaria.
Hija de Ayotzinapa —su padre fue maestro allí—, hermana de ese mar paciente y noble que nos regala esperanza, Brenda es una guerrera de ese Guerrero bravo cuyo nombre es destino y cuyos disparos son rápidos y pasionales, tanto en las calles como en las letras.
Este libro azota “el bello puerto” con la fuerza de un Otis literario que se abate sin misericordia sobre cada uno de nosotros: hijos, amantes, amigos, traidores, traicionados, narrados e incluso narradores de ese sitio amado y odiado; tanto los del Diamante como los otros, los del Unicel, nunca mejor descritas las dos perversas realidades que se viven allí. Nadie tiene posibilidades de salir indemne de este recorrido —empedrado, resbaladizo y cruel como ninguno— por el Acapulco que fuimos, por el que no volverá a ser y por el que jamás, ni con toda la fantasía, hubiéramos imaginado.
Sweet Acapulco nos conduce indistintamente por playas privilegiadas, veredas colapsadas, crímenes e injusticias, recuerdos y nostalgias, revelando las afiladas dotes de su autora como cronista, pero también como crítica literaria, capaz de realizar profundos análisis de algunas de las novelas que mejor han descrito su puerto.
Más allá de su romance con su ciudad de origen, de esos amores que contorsionan el alma, Brenda comparte su propia filosofía, dictada por una pluma irreverente y despiadada, especialmente consigo misma. Pareciera colocarse frente a la vida con un capote colorado de alegría para torearla con arte, gracia y coraje, trascendiendo el escenario y transmitiendo imágenes ocurrentes y sabias, destinadas a arrancarnos la carcajada. Bien lo dijo Fellini: la tragedia siempre está hilada por la comedia. Y cito algunas de las frases que me hicieron reír sola:
«Dejé el matrimonio por las mismas razones que la gente sale de un avión al llegar a su destino: hay que salir. Agradecen, si fueran agradecidos, que el avión no se estrelló y ellos puedan abordar el taxi que los lleve a donde vayan: casa, hotel, restaurante, otra ciudad, otro sitio.» O «El amor es un ciclo de lavado y desconecté la lavadora.»
Latigazos bien dados que, después de la risa inicial, terminan convirtiéndose en auténticos madrazos limpios. De esos que llegan directo al hocico y tienen la capacidad de demostrar para qué sirve la literatura: para voltearnos la cara y obligarnos a mirar un sitio que no queríamos ver, infligiéndonos un dolor que tampoco queríamos sentir.
Por último, confieso que, después de esta montaña rusa —o de esta ruleta rusa, quizá ambas a la vez—, siento que ya quiero a esta mujer, a quien apenas conozco, pero que en este libro ofrece el alma y consigue que me identifique con su drama personal, que es también el de la generación menguante y nada estoica a la que pertenezco. Esa que ya se dio cuenta de que «ni los viajes ilustran, ni la educación resuelve, ni el amor redime», como bien nos lo recuerda la autora.
Hoy, más que nunca, me veo formando parte de la tribu perdida que convirtió a Acapulco en una «persona abandonada», otra de sus descripciones. Esa generación que, después de gozarlo y maltratarlo, ha querido rescatarlo sin darse cuenta de que no consigue ni salvarse a sí misma.
Solo queda leer, con la consciencia de que aquí no encontrarán caricias ni indulgencia alguna, solo excelente literatura.
X: @marcucetticlau
I: @claudiamarcucetti
F: Claudia Marcucetti Pascoli
