Apología del mal dormir

Anoche no podía dormir y se me ocurrió poner un audio que prometía, a través de la conexión con el campo cuántico, inducir al sueño en pocos minutos. Era de un tal Joe Dispenza.

Quién sabe a qué campo cuántico me conectó porque amanecí de pésimo humor, harta, hasta la madre de los “tips” sobre el bienestar que aparecen sin cesar en el Insta y en el TikTok: que si la neuroplasticidad cerebral, que si hay que mantener a raya el cortisol, que si la gratificación momentánea y los peligros de la dopamina y que si lo que piensas determina tu frecuencia vibratoria y tu conexión con una dimensión cuántica en la que reside la diferencia entre alcanzar una vida de ensueño o seguir en la misma inercia de tu cotidianidad, que suponen ¿insatisfactoria? ¿mediocre? ¿carente? Una vida de mierda, por supuesto.

Toda esa información nos conduce a una hipervigilancia del impacto del mundo externo (e interno, faltaba más) en nuestro estado de ánimo.

Señoras y señores, hemos llegado a los tiempos de la autovigilancia de la psique. ¡Bienvenidos a la Era del Terror Psíquico!

Yo conozco bien la hipervigilancia. Antes fue de mi sistema nervioso periférico. Estaba atentísima al mínimo movimiento involuntario de mis músculos. Al pequeño espasmo en el párpado o en el dedo medio del pie. Antes, a los efectos de cada alimento en mi sistema digestivo. Pero no hay nada peor que vigilar los estados mentales.

La obsesión por limpiar de negatividad los pensamientos y las emociones es tan antigua como la “civilización” . La misma máxima del decálogo cristiano que es el mismo que el judío, que probablemente es el mismo que alguno anterior se repite una y otra vez: no pecar en acto, ni en palabra, ni en intención.

Libre de negatividad dice Joe Dispenza; intención pura, dicen los budistas; libre de pecado, los cristianos. Mente limpia, propositiva y corazón inmaculado como el de María, aunque la realidad y el Insta y el TikTok, nos muestren campos que no son cuánticos ni gravitacionales, sino reales y encarnizados de crueldad.

Y abajo, todo lo que se siente injusto en el trabajo, en la vida personal, afuera, en el mundo, toda esa negatividad que no es imaginaria sino real y compartida, se queda agazapada, escondida, en la panza, entre los dientes, en la mandíbula. Vemos todos los días la violencia de las entrañas del mundo y a pesar de ello, y quizás por ello, la demanda de estar bien, cool, positivos, aumenta.

El paradigma del bienestar es opresivo. La autovigilancia llega hasta los sueños y el lenguaje. Cada vez más se nos exigen palabras que cuide a todas, todos y todes, que no lastimen a nadie. Un lenguaje que cumpla solo la más plana función comunicativa, porque no hay manera de expresar lo humano sin reflejar, aunque sea un poquito, esa mácula que todo el tiempo estamos tratando de esconder.

Y claro, mientras escribo esto, enojada, activada, siento una buena dosis de adrenalina y cortisol recorriendo mi cuerpo. Mi corazón late, puedo sentir la excitación de mi cerebro. ¡Qué rico!

Si me tuviera que quedar con un modelo de la psique, de lo que sucede entre el corazón y la mente humana, elegiría el platónico. Al menos esa imagen retrata la lucha interna de una manera más poética, no la reduce a liquiditos químicos.

La eterna batalla entre aquella parte de uno que tiende hacia la “concupiscencia” y la otra que quiere ir hacia lo que suponemos un plano más puro y verdadero, moderada por un auriga, que “apenas puede contener al caballo malo, que todo lo arrastra hacia la tierra”.

Imagino a Platón diagnosticándome en terapia:

—Marxitania, el corcel negro de tu alma se ha alebrestado. El auriga ha perdido las riendas. En realidad, casi nunca las ha sabido llevar. Y tu caballo alado, por más que lo intenta, aún no logra levantar el vuelo hacia el mundo de las ideas. ¿Quieres retomar la dirección, reencauzar el sentido, o dejarás que tu alma se hunda en el insondable abismo?

—Déjala andar, Platón —le diría —. Que cada fuerza haga lo que quiera. O lo que pueda, que es lo que realmente sucede en mi vida. Cada partecita de mi hace lo que puede. A veces el esfuerzo es precario, Platón, no damos mucho. Pero quién puede decir que lo precario no es óptimo y al revés.

Lo peor del insomnio es la anticipación de la mañana siguiente, el fantasma de la improductividad. Ahora sabemos, porque lo dicen en el TikTok y en el Insta, que la falta de sueño es un factor de envejecimiento del cerebro y de otros órganos vitales. Así, entre la imagen de nuestras células hepáticas luchando inútilmente por su regeneración, el previsible gesto de insatisfacción de nuestro jefe ante nuestra somnolencia y la amenaza de una triple ojera en cada ojo, el sueño se vuelve un animal escurridizo.

Lo que no sabe Joe Dispenza y aquellos que le temen al insomnio, es si nos dejamos tomar por el desasosiego, si nos quitamos el miedo, podremos ver en el insomnio las batallas campales internas que nos habitan, y en esos reels internos, producto original de nuestra psique, hay verdaderas joyas de autoconocimiento que nunca encontraremos ni en TikTok ni en el Insta.

En la serie de artículos que hoy comienzo, comparto un atisbo de mis propias batallas campales.

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