Apología del mal… dormir
El doctor tiene su consultorio en el edificio Volta, ubicado en la Diagonal Norte, a unas cuadras de la Plaza de Mayo en el centro de Buenos Aires. La estructura parece la proa petrificada de una nave de guerra, entre gótica y galáctica, una cuña de hormigón que avanza lento, pero sin cesar. En la fachada forrada de granito oscuro, se insertan las puertas adornadas con barrotes dorados. Son tan sólidas y grandes que parece que te darán acceso a una bóveda de seguridad. El interior todo es de mármol. Aunque más allá de la piedra pulida, las oficinas son un laberinto reacomodado con paredes falsas. Llegar al consultorio de Platón es claustrofóbico.
El espacio deja de importarme cuando veo a Ariana Harwicz, guapísima, salir de la misma puerta a la que estoy entrando. Lleva unas medias negras, botas y una falda floreada. Arriba un sueter casual. En Buenos Aires todo el mundo va a terapia. La cuestión es: ¿con quién vas a terapia?
Ariana se analiza con Platón. Buena señal, muy buena.
—¿Qué tal? — me dice al pasar y yo me emociono mientras la miro alejarse con paso ligero. No sabe, pero en mi bolsa traigo un ejemplar de Perder el juicio. Los textos de Ariana me gustan, son libres, corre al escribir, estruja, golpea, repite. No es la escritura cuidada de algunas nosotras, las mexicanas, que andamos calculando cada palabra y en ese cálculo perdemos. No sé qué perdemos. Algo perdemos. Algo de libertad, algo de juego.
Me pregunto si debo traer ese tema con Platón.
Mi libertad, Platón. El tema es cómo demonios recupero la libertad de mi alma, filósofo. ¡Quiero mi libertad! La libertad de mi mente, de mis palabras, de mi voz.
Entro al consultorio. Él está sentado en una escalinata.
En el consultorio sólo hay escalinatas, escalones, escaleras de piedra blanca y brillante que no llevan a ningún otro lugar más que a la pared.
—Sentate — me dice y sorbe ruidosamente su mate.
Me siento en el tercer escalón frente a él, un poco abajito. Platón no está mal, se conserva bien. Es fuerte, alto. Sus rasgos aún son viriles y tiene casi toda su cabellera rizada, amarrada en media cola como futbolista. Nada más lejos de la representación de Rafael en la “Escuela de Atenas”. Platón no es un viejo calvo. La piel de su rostro ha logrado permanecer en su lugar, quizás porque no entra nunca el sol al consultorio. Pero sus ojos brillan. Me mira atento.
—Contame.
—No puedo dormir, doctor. Cierro mis ojos y pienso que me perderé en esa oscuridad interna y no despertaré más. Y cuando, después de horas de revolcarme en la cama, lo logro, sueño que estoy manejando una camioneta que no es mía, en una ciudad con calles empinadas. Piso el freno con todas mis fuerzas y nada. No entra. El carro toma una velocidad desenfrenada, siento miedo, creo que voy a morir. Cuando estoy a punto de estrellarme, no sé qué pasa, controlo el auto y evito el choque. Llego a la parte más baja, he descendido sin morir, pero eso es aún más inquietante.
— Señora, han pasado 2,414 años desde que fundé la Academia y seguimos soñando lo mismo. Coches que no podemos controlar, animados por caballos o por un motor de combustión, da lo mismo. La misma pesadilla una y otra vez. No hay nada nuevo en el alma humana. El auriga que pierde el control. El caballo negro, desenfrenado. El caballo alado, como siempre, algo flojo, sin oponer resistencia. ¡Lo mismo!
Lo miro sin decir nada, un poco decepcionada por la poca originalidad de mis sueños.
—¿Sabe, señora, qué es lo que me angustia? Su alma desciende, pero por alguna razón, el descenso ha dejado de ser peligroso. ¿Acaso en estos tiempos caer ya no es importante?
—Bueno, doctor Platón, a ver, para mí es terrorífica la caída. Creo que moriré.
—La señora que acaba de salir, la que estaba aquí antes que usted, trae lo mismo. Cae, pero ella dice que espera con ansia el impacto. Me parece que no comprenden la relevancia del abismo.
Replico, pero Platón ya no me escucha. Sube y baja las escaleras con su mate en la mano. Sigo con mis ojos su movimiento. Con razón el viejo se ve tan bien, no para, sus músculos se marcan a través de su camisa. Quiero insistir que tanto en mis sueños como en la vigilia, me da miedo caer. Preparo la historia sobre cómo a mis quince años tuve un accidente. El auto en el que iba se quedó sin frenos en la Quebrada, en Acapulco. Por ahí donde se avientan los clavadistas. Mi cuerpo conoce el impacto de un coche contra un muro, la colisión. Quiero contarle que recuerdo, no siempre, algunas veces, el dolor de partirme en dos.
—¿Sabe, señora, por qué debemos temer la caída?
—Porque duele.
—No señora, porque nos degradamos. ¿No le da miedo ser mimesis de la mimesis, copia, de la copia de la copia?
—No lo sé, doctor, ¿Mi copia de mi copia de mi copia va a sentir menos dolor del que siento ahora?
—No, señora, será peor, se intensificará la insatisfacción. Sentirá que nada de lo que vive es verdadero, ni bello, ni virtuoso. Los sabores, los colores, todo se habrá degradado. Sin embargo, su alma, aún en el abismo, tendrá esa añoranza de las formas puras, pues alguna vez en su existencia lo ha presenciado, y andará errante, insatisfecha, buscando el amor verdadero, la libertad que no termina de encontrar.
—¿Y no será, doctor, que ya vivo en ese abismo?
Copia de la copia de la copia salgo del consultorio y pago a una secretaria aburrida un dineral que duele como si fuera verdadero.
