De haber sabido que caminaríamos tanto, igual no vengo. Al menos, no hubiera estrenado mis botas. Las compré hace unos días. Iba a ver libros a El Ateneo, pero me detuve a curiosear en las boutiques de Santa Fe, me agarró una vendedora y no pude resistirme. Que las mexicanas sabemos valorar lo bueno. Que el cuero argentino es muy suave. Que ella misma las diseña y las cose en el taller de su padre. En su familia llevan generaciones dedicándose a hacer botas. Es más, me dice, son de tan buena calidad que moriré y mis botas seguirán caminando.
No sé si ese es un buen argumento. Todo lo que está vivo alguna vez cesa de moverse, muere. En cambio, la ropa, los libros, los objetos que amamos y nos fueron útiles, se convierten en la basura de alguien más.
Quizás algo así debería preguntarle a Aristóteles. Indagar sobre el impuso de la vida, sobre el misterio de lo que anima unas cosas y no otras. Aunque eso que para los antiguos era una fuente infinita de asombro, ha dejado de tener relevancia. Hoy sabemos que incluso lo inanimado, a un nivel molecular, se mueve. La cosa más estática, una piedra, por ejemplo, se mueve. Dentro del cuero de mis botas que sostienen mi pie cuando camino, hay también un movimiento incesante.
Lo que no estaría mal sería dejar de movernos ahora. Al reservar la sesión de terapia, deberían advertirte que Aristóteles camina rápido. Siempre pensé que los peripatéticos caminarían lentamente, contemplando el cielo y los árboles. Pero no, al parecer la contemplación que buscan es interna porque a este paso sólo puedo pensar en las puntas de mis botas comprimiendo los dedos de mis pies.
Nunca había deseado tanto que un terapeuta me lanzara la pregunta ¿Y qué te trae por aquí?
¿Qué me trae por aquí? Lo he estado pensando por días. ¿Cómo explicarle? Después de ver a su colega Platón, hice conciencia de que por momentos vivo una realidad muy diluida. Sombra de la sombra de mi sombra, siento que apenas alcanzo a atisbar el reflejo de algo que, en otra parte, o en la vida de alguien más, es verdadero.

Pero otras veces el reflejo del sol brilla en todas las cosas, los sonidos son nítidos, la ciudad se despliega en oferta, pulsa y huele a azúcar y a pan; mi vivencia es tan contundente que sería una necedad dudar de una realidad que insiste en ser.
Lo mío, lo mío, es que vivo así, partida en dos. Quiero una cosa y a la vez no la quiero. Quiero a un hombre y a la vez no lo quiero. Quiero ir al gimnasio y no quiero ir. Quiero estar aquí, caminado con Aristóteles, aunque hasta el momento no ha dicho una palabra, y a la vez no quiero estar aquí porque estoy convencida de que es una pérdida de tiempo y de dinero. Y ambas sensaciones, el deseo y la aversión pueden convivir en mí al mismo tiempo. Mi verdadero anhelo es tener algo de coherencia. ¡Que pare por un momento mi lucha interna!
Hemos caminado novecientos metros y soy la sirenita que recibe, en sus recién estrenados pies, una puñalada a cada paso.
El dolor se me olvida cuando siento sobre mí la mirada del terapeuta. Tiene unos profundos ojos verdes, una barba entrecana muy bien arreglada y una nariz recta que apenas se ha empezado a caer.
—¿Viste los árboles? Me pregunta.
Observo los árboles. Excepto por las magnolias, que aún conservan sus hojas algo maltrechas, la mayoría son palos grises y retorcidos. Todo en el parque parece estar guardando su energía para aguantar las sudestadas.
—¿Qué reverdece los árboles que parecen muertos en invierno? —vuelve a preguntarme.
Sospecho por donde va.
—El calor de la primavera— digo segura.
—¿Y qué hace que el frío del invierno ceda?
—¿El movimiento de la tierra?— dudo. No quiero usar un anacronismo con Aris, pero tampoco quiero parecer estúpida.
—El movimiento, sí, y ¿qué impulsa el movimiento?— dice, apurando más el paso.
Hago un esfuerzo para seguir su ritmo, pero mis dedos comprimidos por la punta de mis botas se han empezado a entumecer. ¿En qué momento se me ocurrió que unas botas, muy bonitas, eso sí, valen la tortura de mis pies?
Además, desde que Aristóteles empezó a hablar, nos siguen dos de sus discípulos con una grabadora. Cuando hice la cita, me advirtieron que la sesión podría ser grabada con fines exclusivamente pedagógicos, pero no pensé que seríamos perseguidos por dos jóvenes que intentan no perder el hilo de nuestra conversación.

—No lo sé— replico malhumorada— ¿No está en la naturaleza de las cosas el moverse?
—Y sí, en potencia el movimiento está en todas las cosas. Incluso en vos, y no por eso te movés. La materia no se mueve a sí misma; debe haber una causa externa. ¿A vos, qué te mueve?
—Bueno, ahí está mi problema, doctor. Yo me muevo por necesidad. Como ahorita, pero si no necesito moverme me quedo en un pantano de razones que se contradicen unas a otras. Por ejemplo, ahora mismo lo que más quiero en el mundo es parar de movernos, pero a la vez, quiero seguir conversando contigo aunque sea en movimiento. Puedo ver el dolor y el placer que hay en ambas posibilidades y sé que en ambas gano y en ambas pierdo por igual.
Aristóteles disminuye la velocidad. Sonríe. Me toma del brazo, nos dirige hacia una banca y se sienta al lado mío. Con un poco de vergüenza me quito las botas y los calcetines. Muevo los dedos de mis pies, están rojos y algo hinchados. En mi piel lástimada, el viento helado es un bálsamo.
Los jovenes discipulos se han acercado para darle a su maestro su mate. Lo ceban frente a mí. No me van a compartir, me lo advirtieron cuando hice la cita. El doctor no comparte el mate con los pacientes. Con lo bien que me caería algo caliente ahora. Escucho el gorgoteo. Vuelven a cebar el mate. Aristóteles sorbe y observa mis pies. Me da pena porque mis dedos parecen unos apéndices inflamados.
—Y lo que te empantana no es el deseo. Somos seres deseantes. Lo que temés es asumir las consecuencias de tu deseo —me dice—. Si querés estar con un hombre, asumí las consecuencias, si no querés estar, también. Tenés que bancartela, piba. No hay de otra. Heráclito, ¿lo ubicás? Decía que el deseo se paga con el alma. Hacete cargo. ¿Dónde está tu deseo?
—No lo sé, es confuso. Mis deseos son tan contradictorios que no me llevan a ningún lugar. Como mis botas, qué son hermosas pero no puedo caminar mucho en ellas. Me paralizan. Si fuera un árbol, me hubiera quedado pasmada el invierno pasado. Heráclito diría que estoy enferma del alma.
— Y no sé qué diría Heráclito, por algo le decían “el oscuro”. No, no estás enferma. Al menos no estás peor que los demás. El impulso es importante, pero no es la causa eficiente del movimiento, así como la gravedad de la tierra no es suficiente para que el planeta se mueva. Es la interacción con otros astros, con otras fuerzas gravitacionales, lo que detona el movimiento.
Aristóteles sorbe su mate. Yo pienso en los astros, en su danza orbital. ¿Fue él el que dijo que lo semejante atrae a lo semejante? Cerca de nosotros algunos corredores pasan concentrados en su esfuerzo. Fijo la vista en una mujer que lleva una chamarra rosa fosforescente, lentes oscuros y orejeras también rosas. Se parece a Ariana Harwicsz. ¿Será ella?
—Entonces, ¿mi movimiento depende de la interacción con otros? —pregunto.
—En un animal, el deseo, o mejor, el apetito, sería suficiente para que la potencia se convierta en acto. Un perro huele un chorizo y va hacia él. Necesitaría un gran entrenamiento para no obedecer ese impulso. En nosotros, el deseo es el impulso, y es quizás, un fin, pero debe haber un proceso deliberativo que sólo se produce en la interacción con el mundo. ¡Hay que atreverse a dejarse perturbar, a entrar en un campo gravitacional ajeno! ¿Y qué te da miedo?
La mujer de la chamarra rosa pasa a nuestro lado y se detiene. ¡Es Ariana Harwicz! Saluda a Aristóteles. Sin parar el trote le da un beso y le pregunta cómo anda. Él pierde su aire de gravedad lúcida y se ríe con ella como si fuera un adolescente. Le ofrece su mate. Ariana toma un sorbo, le da un beso, me pide disculpas por interrumpir y continúa su carrera.
Envidio sus tenis rosa fosforescente.
Aristóteles vuelve a mirarme. ¡Qué guapo es cuando sonríe!¡Le va muy bien el arillo que lleva en el lóbulo izquierdo! Y a su edad tiene su pelo completito.
—Ya sé qué me da miedo —le digo. — Engancharme. Me ha pasado que cuando deseo me pierdo ahí, en el otro y me disuelvo. Floto como espuma en una piscina tibia. Y así pueden pasar años.
—¿Espuma? —Aristóteles ríe—. No, el deseo no estanca, es movimiento. Estanca el miedo. Tenés cuidar tu deseo, ordenarlo, protegerlo como si fuera la llama olímpica, así sabrás qué, de toda esa pluralidad de cosas que hay en el mundo, satisface verdaderamente tu naturaleza. Y no me digás, por favor, que lo que deseas son unas botas, porque mira lo que le han hecho a tus pies.
—Pero mis botas son un buen ejemplo de mi conflicto. Mi deseo por la belleza suele contraponerse a mi necesidad de bienestar. Me pasa con los zapatos y con los hombres. En esas situaciones me convierto en espuma o en la sirenita.
—¿Pero qué decís? Esa es una boludez. No necesitás tener una sesión conmigo para saber que en toda la oferta de zapatos de piel de Buenos Aires podés encontrar una botas bellas y cómodas. Entre el deseo y la aversión siempre hay una opción intermedia. ¿Qué es lo que está fallando en tu proceso deliberativo que escogés los extremos? Estás eligiendo la desmesura.
El justo medio, pienso resignada. El filósofo y su ética del justo medio. Si pudiera elegir el justo medio y no andar rebotando en la vida como esferita de pinball, no estaria aquí.
Aristóteles me ve con su sonrisa chueca. Me va a dar una lección.
—La phronesis sólo surge cuando el deseo y la razón coinciden, ahí realmente estás eligiendo. No sos el perro que va detrás del chorizo, ni la espuma de piscina, sos la mina que va hacia lo que desea cuidándose, yendo con límites hacia sus semejantes y volviendo a vos. La capacidad deliberativa es diálectica encarnada, se practica, piba, es un hábito que se convierte en carácter. Ahí se expresa tu ethos y se actualiza tu verdadera naturaleza.
—Dialéctica encarnada. ¡Qué bonito!— digo, sonriente.
—Y sí, en el movimiento hacia los otros, la potencia del alma se convierte en acto. Pero ojo, si te lanzás hacia los otros sin un proceso deliberativo, tu alma terminará tan dolorida y deforme como tus pies. Para eso regresas a vos. Ahí el deseo te alimenta, no te estanca. Más que espuma de mar, pénsate como marea.
Lo miro sin saber qué más decir.
—Me gusta, pero para ser marea necesito un océano.Y yo sólo encuentro piscinas y charcos.
Aristóteles mueve la cabeza.
—Y la vida es el océano. Pero es comprensible tu resistencia. No hay nada más frustrante que no ver algo que es en potencia, convertirse en acto. Un amor no siempre se desarrollará en acto. Quizás no llegue a nada ¿y qué? No por eso hay que dejar de empeñar el alma. No nos queda de otra, el alma humana es carente, pero el eros es el despliegue de ir hacia el otro, aunque no lleguemos nunca. Además, si el deseo está alineado a tu verdadera naturaleza, el camino hacia él ya es satisfactorio. ¿Estás lista para reanudar el movimiento?
Aristóteles le entrega el mate a uno de sus discípulos. Él le dice que han pasado 40 minutos. Faltan veinte para que termine la sesión. Siento la presión de sus miradas.
Mis pies duelen menos pero aún están hinchados. Empiezo a ponerme el calcetín. Sé que meterlos al botín va a ser molesto, pero dolerá más volver a caminar al paso de Aristóteles. Aunque tampoco quiero quedarme sentada como estúpida mientras todos los seres humanos que hay en el parque se mueven.
Ojalá fuera tan sencillo ejercitar el justo medio.
—Ya voy — le digo mientras termino de calzarme.— ¿Conoces el cuento de la sirenita, la que por amor cambia su cola de pez por un par de piernas? Bueno, imagínate que soy la sirenita. ¿Podemos caminar despacio?
Aris me ofrece su brazo para retomar el impulso peripatético y con su sonrisa chueca me dice:
—Vamos, sirenita, en este mar se nada a tu ritmo.
